La idealización es la primera fase del ciclo que la literatura describe como idealización–devaluación–descarte: te colocan en un pedestal. Eres perfecta, única, distinta a todas las personas anteriores; por fin alguien te ve "de verdad".
El problema del pedestal no es que sea agradable —lo es—, sino que no es un lugar: es una imagen. Lo que se idealiza no eres tú, con tu historia y tus contradicciones, sino una versión sin fisuras que nadie puede sostener en el tiempo. Y una imagen imposible de sostener solo puede evolucionar de una manera: cayendo. La desproporción del principio prepara la caída que viene después — cuanto más alto el pedestal, más justificada parecerá la decepción cuando resultes ser, simplemente, humana.
Por eso la idealización, dentro de estas dinámicas, no es un cumplido estable sino una fase con fecha de caducidad. Reconocerla no significa desconfiar de todo afecto intenso: significa notar la diferencia entre ser querida —con tus bordes— y ser admirada como una figura que tarde o temprano tendrá que decepcionar.