El love bombing es la fase de sobreabundancia afectiva con la que arranca el ciclo: atención constante, mensajes a todas horas, regalos, declaraciones enormes — todo antes de que haya existido tiempo para construir confianza real. No es amor acelerado: es un ritmo impuesto, que fabrica intimidad antes de que puedas evaluarla.
Cumple dos funciones. La primera, crear una sensación de deuda emocional: cuando alguien te da "tanto", decir que no —a un plan, a un ritmo, a una petición— empieza a sentirse como una traición. La segunda, dejar plantada la referencia a la que volverás una y otra vez cuando llegue la fase de frialdad: "al principio no era así". Esa memoria del principio es el ancla del enganche.
Un matiz importante, porque la intensidad no siempre es manipulación: hay comienzos apasionados y sanos. La diferencia no está en la cantidad de afecto, sino en lo que ocurre cuando pides bajar el ritmo. Quien te quiere bien, se adapta. Quien está desplegando una estrategia —consciente o no—, presiona, se ofende o convierte tu prudencia en un defecto.