La proyección es un mecanismo de defensa descrito desde antiguo en psicología: atribuir a otra persona lo que uno no puede tolerar en sí mismo — sentimientos, intenciones, conductas. En las dinámicas de abuso narcisista aparece con una regularidad casi cómica si no fuera dolorosa: quien miente te llama mentirosa; quien coquetea vive celoso de ti; quien manipula te acusa de manipular.
Su efecto práctico es doble. Primero, te pone a la defensiva: gastas la energía demostrando que no eres lo que te acusan de ser, en lugar de mirar la conducta de quien acusa. Segundo, ensucia el mapa: cuando todo el mundo "hace lo mismo", cuando las acusaciones cruzan el aire en ambas direcciones, desde fuera parece un conflicto de pareja simétrico — y esa simetría aparente es el mejor camuflaje del abuso.
El matiz de rigor: proyectar es humano y todos lo hacemos a veces; señalarlo no convierte a nadie en narcisista. La señal útil no es una acusación aislada, sino el patrón: acusaciones recurrentes, sin base en tu conducta, formuladas con una convicción enorme — y que, mirado con calma, describen mejor a quien las lanza que a ti.