El gaslighting o luz de gas es la manipulación que te hace dudar de tu propia percepción, tu memoria y tu juicio. «Eso no pasó». «Estás exagerando». «Yo nunca dije eso». «Tú estás mal». Repetido el tiempo suficiente, el efecto es devastador en su sencillez: dejas de fiarte de ti, y necesitas la versión de la otra persona para saber qué es real.
El nombre viene de la película Luz de gas (1944), en la que un marido manipula pequeños detalles del entorno —las luces, objetos— mientras niega que nada cambie, hasta convencer a su mujer de que está perdiendo la razón. La mecánica moderna es la misma sin necesidad de lámparas: se reescribe lo que ocurrió, se niega lo evidente y se convierte tu reacción en la prueba de que "el problema eres tú".
Un matiz que protege de usar mal el término: dos personas pueden recordar una discusión de forma distinta sin que nadie esté manipulando — la memoria es imperfecta en todos. El gaslighting no es un desacuerdo sobre los hechos: es un patrón sistemático, en una sola dirección, cuyo resultado medible es que tu confianza en tu propio juicio se va encogiendo.