La disonancia cognitiva es la tensión mental de sostener a la vez dos verdades incompatibles. En estas relaciones, las dos verdades son brutales en su sencillez: «esta persona me quiere» y «esta persona me hace daño». Las dos tienen pruebas. Las dos son tuyas. Y la mente humana no está hecha para vivir con esa contradicción abierta.
Así que la cierra — por el camino más barato. Y el camino más barato casi nunca es «entonces no me quiere» (eso costaría la relación, el proyecto de vida, la versión de la historia en la que has invertido años). El camino barato es recortar la otra mitad: «no es para tanto», «yo también tengo culpa», «está pasando una mala época». La disonancia se resuelve minimizando el daño — y esa resolución, que alivia hoy, es exactamente la trampa que te mantiene mañana.
Conviene decirlo con rigor: la disonancia cognitiva es un mecanismo universal — todos la sufrimos y todos la resolvemos con atajos, en mil terrenos inocuos. No es una patología tuya. Lo específico del abuso es que el ciclo la fabrica industrialmente: cada vuelta de idealización repone las pruebas de «me quiere» justo cuando las de «me daña» empezaban a pesar más. La contradicción nunca se decide porque nunca deja de alimentarse por los dos lados.