El duelo tras una relación de abuso narcisista tiene una crueldad estructural que lo hace distinto: la persona que lloras existe y no existe a la vez. Existe físicamente — quizá a diez calles, quizá con otra. Pero la persona de la que te enamoraste, la del principio, la que te veía — esa, en gran parte, fue un personaje construido para la fase de idealización. Estás haciendo el duelo de alguien que no murió y, al mismo tiempo, nunca fue.
Por eso es un duelo a capas: la relación que tuviste, la relación que te prometieron (todo aquel futuro del future faking), los años invertidos, y — la capa que menos se nombra — quién eras tú antes. Y por eso es un duelo saboteado: el duelo normal avanza porque la pérdida es definitiva; aquí el hoovering, la rendija ambigua, la esperanza intermitente lo reinician una y otra vez. No se puede cicatrizar una herida que se reabre a domicilio.
Permisos que este duelo necesita y nadie da: puedes echar de menos a quien te dañó — echas de menos al personaje y a lo que sentías, no al daño, y eso no te hace incoherente. No es lineal: habrá semanas buenas y recaídas sin motivo aparente. Y no tiene calendario oficial — «ya deberías haberlo superado» es la frase de quien no entiende qué se está velando aquí. Se vela una historia entera, con su versión de ti incluida. Eso lleva lo que lleva.