La devaluación es la segunda fase del ciclo, y la más difícil de fechar: nadie recuerda el día en que empezó. Arranca camuflada — una broma que escuece («qué sensible eres, era broma»), una comparación al pasar, un gesto de fastidio donde antes había fascinación — y va espesándose hasta convertirse en clima: haga lo que haga, algo está mal. Cocinas, y no era eso. Callas, y eres fría. Hablas, y eres pesada.
Su motor es el desnivel con la fase anterior: la misma persona que te subió al pedestal ahora documenta tus defectos, y esa asimetría te pone a trabajar. No para de doler, sino para recuperar a la persona del principio — la que te veía. La devaluación no busca que te vayas: busca exactamente lo contrario, que te quedes esforzándote, porque una persona ocupada en demostrar su valor no cuestiona el trato que recibe.
El matiz de rigor: en cualquier relación hay críticas, roces y temporadas de menos brillo — eso es convivencia. La devaluación-patrón se reconoce por tres rasgos: es gradiente (el listón sube siempre; nunca llegas), es unidireccional (tus defectos tienen lupa; los suyos, contexto) y su efecto medible es que te vas encogiendo — opinas menos, pides menos, ocupas menos espacio del que ocupabas.