Si el abuso narcisista tuviera un plano, sería este ciclo de tres fases que se repite. Idealización: el pedestal, el love bombing, la persona perfecta que por fin te ve. Devaluación: la crítica que empieza en broma y acaba en clima — cada vez haces más cosas mal, cada vez vales menos, y no sabes en qué momento cambió. Descarte: la retirada, brusca o gradual, a menudo con sustituta ya en escena. Y de vuelta al principio, porque el ciclo rara vez termina en el descarte: termina en el hoovering que reabre la puerta.
Lo que hace al ciclo tan eficaz es que cada fase da sentido a la anterior. La devaluación duele en proporción exacta a lo alto que fue el pedestal («si me trató así de bien, el problema ahora debo ser yo»). Y el regreso de la idealización tras el descarte confirma la esperanza que te mantiene dentro («en el fondo, aquella persona sigue ahí»).
El matiz imprescindible: todas las relaciones se enfrían tras el enamoramiento — eso es maduración, no abuso. El ciclo se distingue por tres cosas: la repetición (las fases vuelven una y otra vez), los extremos (del pedestal al desprecio, no del entusiasmo a la calma) y el efecto en ti (cada vuelta te deja más pequeña, no más asentada).